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martes, 16 de marzo de 2010

LA GENERACIÓN “NI-NI”

En el principio Dios creó a los padres. Y luego, viendo que estos se aburrían en exceso tuvo a bien crear a los hijos. Y luego descansó. Y los niños se ve que también se asentaron en tan beneficioso placer que da el reposo y el acomodo. Los ni-ni, son el resultado de la evolución de este cambio social tan brusco y áspero, de estos tiempos de crisis mundial generalizada, pálidos y sombríos. Los “ni-ni”, presumen de qué; ni trabajan ni estudian. Y se conoce que tampoco tienen pensado hacerlo a corto plazo de momento.

Son jóvenes de futuro indeciso que por las mañanas se levantan a una hora discreta, -pongamos a eso de las diez- que es momento poco estresante y de trance para aliviar tensiones de residuos y narcosis que dan las ensoñaciones. Al mediodía comen por no perder la costumbre, y al llegar la tarde, después de una confortable siesta embutidos en el sofá del salón de su casa, se reúnen en una glorieta del parque de su bario, -no más tarde de las cinco-, litrona y cigarrilo en mano, haciendo camaradería y filosofía urbana de un pretérito venidero. Se ríen y hablan de los “reality show” televisivos que les absorben la visión tibia de la vida. Planean entre un poco de vaga compañía y mejor esperanza de lo que van a hacer el próximo “finde”. Esto de planificar las cosas con antelación está muy bien y dice mucho del cuidado previsor de alcanzar proyectos y propósitos. Se desconoce, si a los “ni – ni”, les preocupan los temas sociales más terrenales de futuro inmediato y de venidero mañana. O, igual, es que futuro no divisan en el horizonte de esta compleja, enmarañada y trenzada sociedad.

Ante tal generación de niños aparentemente cafres y padres altamente desesperados y decepcionados, como asumiendo su infortunio de opacos ventanales, desconociéndose sí, científicamente, esto puede ser algo de los genes y los cromosomas más desorientados, que suelen jugar estas malas pasadas. O, más propio de la más absoluta idiosincrasia particular de la evolución de la especie que siempre tira para el lado más fácil y asequible que se pasa quejándose noche y día.

Ser joven es virtud del novicio de la vida y envidia de pieles más curtidas. La crisis económica puede haber empujado a estos jóvenes, que con peores perspectivas de futuro que sus padres les han llevado a una desmoralización generalizada y pegadiza como una canción de verano. Los cambios de este siglo XXI, han hecho que la falta de ilusión se interprete como un “no future”, -ríete tú de los punkis de los ochenta-, pensando que la vida era todo pedir créditos e hipotecas como el que postula pretendiendo que se le dé sin más, a cambio de poco contribuir y de no tener que molestarse en gemir ni involucrarse en esfuerzos porque se suda.

Quizás, un hedonismo mal entendido o mal explicado, puede haber arrastrado a este pensamiento distorsionado y erróneo de la vida. Porque, para gozar de la vida, antes hay que concebir unos mínimos y alcanzar unos baremos de compromiso. Pues no suele haber mañana sin ayer, ni pincel que dibuje sin esfuerzo paisajes que no sean de secano.

Casarse o vivir en pareja, se les presenta como una amenaza de sentimientos que les turban sus emociones, para acabar reflexionando en un desolado parque urbano de glorieta y cemento, lejos de los jardines de Academos de Platón. Pues la desgana y la apatía de la bruma de su pensamiento, sustituye al filósofo contemplativo y curioso de preguntas de sutil esencia, haciendo de la pereza una herramienta poco práctica y acostumbrándolos al ejercicio de la conformidad, antónimo de lo que hace veinte años era rebeldía e indomabilidad, pecado natural y saludable de juventud. La adolescencia corre el peligro de alargarse en el espacio y el tiempo, -hasta los 35 años por lo menos-, y viéndolas pasar como en un tránsito mudable de que nada va con ellos. Dando la espalda a la responsabilidad y, corriendo el riesgo, de volverse conservadores y faltos de compromisos que afrontar, al no tener que sortear obstáculos como generaciones anteriores que lo tuvieron menos sencillo.

Los “ni-ni, ven a bien no luchar ni implicarse en causas impías, ni en batallas de sueldos mileuristas, ni en sueños que ven muy lejanos en su curvado horizonte, haciéndolos vulnerables ,con falta de intereses e ilusiones más allá de las lógicas perspectivas, que les cruje en los vidrios de la mente cuando el viento no sopla a su favor. Parece ser, que no hay prisa por ser adulto, que es rol de la vida que viene solo y sin pedirlo. Corriendo el peligro de perderse en la ofuscación de una bruma que no les deja ver el camino escondido, y pudiéndolos llevar a un “kilómetro cero” sin pasar por la casilla de salida.

Las redes sociales les mantienen en contacto, enlazados y conectados a la computadora como yonquis dependientes de las tecnologías. Pero que también les confunden y desorientan, convirtiéndose internet en un arma de doble filo, cortante e incisiva por su lado más canalla y bandido, con el potencial peligro de acabar siendo presa fácil de vicios y otros defectos de carencia de factor humano. Falta de empatía social que suele llevar al esquivo de compromiso y responsabilidad de asumir sus propias vidas.

Si en los noventa, los yuppies fueron el exceso y espejo de la codicia más imbécil. Los ni-ni abrevian en ambición y, parece, que les cuesta arrancar el motor de la juventud, que suele acelerarse prácticamente sólo y sin más combustible que la energía natural de la lozanía, que es caricia de la etapa más bella de nuestra vida.
¿Somos los adultos culpables de tal conducta pasota-hedonista? Excesivamente extravagantes y bohemios puede ser un error por su parte. Pero ignorar sus carencias y fatalidades puede ser el nuestro, de un mundo adulto que se les presenta como el tronco que va a la hoguera.

Sergio Farras (escritor tremendista)

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