Cuando vayamos a la farmacia, que suele ser cuando estamos más bien desmejorados y apáticos. Ya no podremos elegir al gusto, ni tampoco de capricho, en la extensa carta del menú del boticario. La farmacia no es una tienda de snacks, donde nos podamos dar el comensal vicio de golosinas y caramelos de brebaje y ungüentos. Pensando, que un medicamento de marca es más “fashion” y coqueto que un brebaje de igual principio activo.
Con los años nos hemos vuelto comensales de fármacos que igual, en la mayoría de veces no necesitamos, y pensando irracionalmente que le hacemos un bien al cuerpo. En ocasiones adquiriéndolos hasta sin receta médica, lo que puede ser irresponsable y de insensatos.
Las farmacéuticas que viven de esto, mira por donde, bajan los precios de sus potingues igualando al de los genéricos, que no se les ha visto normalmente sustancias de confianza ni con suficiente credulidad. Ya se sabe, que las multinacionales esto de perder dinero lo llevan bastante mal. Y claro, no están dispuestas a desviarse en este jugoso mercadeo de la salud humana, que es a veces miserable y que no a todos siempre llega. Y las corporaciones, acostumbradas a iluminar el mundo con sus formulas magistrales están un tanto desesperadas, más pensando en haciendo caja que en sanar el cuerpo tullido. Que no se quejen en exceso que de “duros” van sobrados.
El ahorro es significativo; 2.400 millones de euros anuales. Que en estos tiempos desagradecidos tampoco es que sea manifestar locura. Y el alquimista, no suele entender de distintivos mercantiles, interesándole más el contenido que por el continente. Un medicamento genérico es igual en composición y forma farmacéutica a otro con más solera y fama.
Nosotros, como usuarios, deberíamos hacer cultura de un uso responsable y no, a veces, casi de empleo lúdico de una vida encantada por el “pastilleo” compulsivo, pensando que la tos se quita con un combinado de antibióticos y otras cuajadas que nos aconsejó la vecina. No hay medicamentos buenos y medicamentos malos. Solo variaciones en el color, tamaño y presentación separan el sentido común de la presumida manera de adquirir remedios y potingues, como si fuésemos de boulevard por tiendas de farmacia.
Ahora, está en manos del galeno racionalizar el uso de la farmacología sin apartarse de la senda de la cura. Pues no hay mejor consejero que el facultativo curtido en la dieta del conocimiento y la prescripción cabal. Por qué como decía la máxima de Claude Bernard: No hay enfermedades, sino enfermos.
Sergio Farras, escritor tremendista.

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