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martes 10 de enero de 2012

URDANGARÍN, DE DUQUE A “EL DUQUE”

Iñaki Urdangarin está imputado en una trama de corrupción, que es cosa fea y retorcida para un Duque. El marido de la infanta Cristina será citado por las irregularidades en el Instituto Nóos, que suena a cosa futurista o corporación tipo ciencia ficción y surrealismo a lo Matrix.

Urdangarín será citado a declarar el próximo febrero, y lo tendrá que hacer en persona, a paso firme y por la ruta que le llevará delante de audiencias y justicias, sin escudo ni sayo que le proteja más que la verdad vestida o negar aquello que lo imputa e incrimina. El consorte perfecto se ha convertido en un incómodo emparentado para la Corona Española. Viendo todo esto como algo resbaladizo para su popularidad y carisma, cuando en estos tiempos, de este mundo inquietante, donde se están desinflando un poco las creencias en instituciones y coronas.

 No es lo mismo que te llamen Duque que: “El Duque”. La preposición hace que coja un aire más canalla, más bandido. En la España Borbónica se les ha colado, por lo que parece, un truhán vestido de noble hidalgo con apógrafo de carboncillo y de sutil calco. Hizo amigos en universidades de prestigio, amistades de esas de sangre, que suelen prometen lazos eternos de complicidades y silencios, para acabar al final en el espacio diáfano de la sospecha.

Esto no es justo para su majestad el Rey, porque el qué esto suscribe, todavía recuerda cuando compró con sólo 15 años su primer periódico en aquél kiosco escolar. En mis ojos y oídos estaba todavía fresca la mañana siguiente al 23 F. Una fecha, donde El Rey Don Juan Carlos tuvo que lidiar uniforme en pecho y regañina severa, anulando los delirios de los espadas de aquél ejército de la época para defender la Constitución ante los traidores. Y como en un balcón atalayado, acalló con un halo los alientos que se convirtieron en mudos propósitos aquel día. Cierto es, que han pasado muchos años desde aquella noche de ruido de sables y de tanques dándose una vuelta por Valencia asustando al personal. Porque a cuatro militares desleales y “Judas”, se les fue la percepción de aquel cambio que nacía del pueblo, y que no querían respetar ni subordinar lo que había resultado en justo referéndum: La Constitución. Y los que ahora atacan a la Monarquía tampoco es que tengan más razones que llevarse al entendimiento, ni argumentos sólidos que se sustenten. Séase excitado republicano o transgresor de Estados liberales.

Esto está muy lejos de ser una tragedia Shakesperiana como Hamlet. Pues aquí, no hay más sustancia ni más miseria que el vil metal de por medio. Y qué, como mucho, se acercaría al pasmado Fortinbrás, ese príncipe que se queda sorprendido y medio embobado al final de la obra. Iñaki Urdangarín se ve que es hombre demasiado ambicioso, y puede pecar hasta un tanto de déspota, desconociendo igual que loza y cristales son diferentes a contraluz. Se conoce, que esto de la codicia gusta a nobles y plebeyos por igual, y el conformismo no debe ser una virtud que posea este hombre. Igual, es que Duque le queda corto y un tanto “prieto”, y este señor necesitaba efectivo para sus gastos, que la vida “real” también debe de estar mal y el hambre empuja. Y en este cuento de ranas y príncipes reales que salen defectuosos, de esta España de las desconfianzas, esto no ayuda ni proporciona buenas vibraciones en las gentes plebeyas que nos vamos indignando por las plazas y ágoras con pancartas de cartón luchando para sobrevivir día tras día.

Será maravilloso viajar hasta Mallorca y ver “Palma Arena” a vista de pájaro desde el ojo de la justicia. Mientras, “El Duque”, preparará su defensa como cosa que le es de legítima equidad, arañando y defendiéndose como el viento furioso y silbador, probablemente en laberínticos juicios que sólo podrán tasar y considerar la justicia con la verdad sabida. Pues no caería injuria ni ofensa mayor que la mentira cubierta y lacada con el barniz permeable.
Aunque en esta vieja Europa, no es bueno que las monarquías rompan su cadena del frío, corriendo el riesgo de desaparecer con los tiempos en el témpano extendido y plano, pero frágil y quebradizo. Porque no están los tiempos para ir excitando a la plebe que ya hace tiempo que tomó conciencia de clase.

Aunque no sería justo juzgar a la Monarquía, y mucho menos al Rey Don Juan Carlos por este dispendio. Pues la figura de la misma ha conseguido otros logros más que otros lodos. No perdamos la perspectiva y dejemos que la justicia cierre el lazo corredizo, para no alimentar la gula de los imprudentes ni perderse en un mar de tecnicismos de penas inmerecidas. Porque a veces, hasta miente el espejo, a veces no dice todas las verdades. Y si todo esto fuera cierto y gran verdad nos quedaría el porqué: ¿por dinero o por vanidad?

Sergio Farras, escritor tremendista.

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